
Lo contuve toda la tarde. Usé mis manos para evitar que sus sesos saliesen de su cabeza para derretirse como gelatina y llenaran de sangre toda la habitación. Todo sucedía cual lo planeado, la noche se acercaba y hacer presión ya era una costumbre, se sentía bien, normal. Fueron las ocho, luego las nueve... Se hicieron las diez y todo parecía ir correctamente. ¿Quién hubiese sabido que todo ese esfuerzo sería en vano? ¿Quién hubiese siquiera sospechado que el cerebro explotaría y llenaría de sangre toda mi ropa y la habitación?
By C.


